Miguel A. V. Ferreira página web personal www.meferreira.es @mavf

Manuel J. Rodríguez Caamaño

 

"IN MEMORIAM"

 

Manolo es gallego... era muy gallego...

Hablaba con un sonido gallego relleno de palabras extranjeras; prosodia descendida del norte a la centralidad urbanita del claustro; cadencia de aroma rural y salino encabalgada en un léxico de epistemologías, fundamentos y presupuestos.

Recuerdo su muy disimulada satisfacción al hacerme saber que iba a leer el pregón de las fiestas de su pueblo; el académico, que entre chato de vino y partida de tute con los de toda la vida, con los que desde chavales había compartido aventuras cotidianas, se dedicaba a la lectura, a la reflexión teórica y a la redacción de textos que para sus contertulios de sobremesa seguramente serían extrañas grafías indescifrables; el académico de Carballo.

Recuerdo también una suculenta cena en el Pazo; un pazo cerrado al público pero que Manolo decidió aquella noche que tenía que abrir, sólo para nosotros, y ofrecernos uno de aquellos bacalaos, de los buenos. Bacalao y Alvariño; y entre trago y bocado (como entre café y mano de tute), comentábamos cuestiones, algunas académicas, otras no; y de pronto, deteniendo un tanto el ritmo alegre de la velada, me miró y dijo fehacientemente: “Ferreira: tú eres un universitario... ¡un universitario, coño! ”.

Aquellas palabras, pronunciadas hace quince años, me han perseguido insistentemente; porque al final, al final fueron la sentencia de un veredicto que igualmente se hubiese dictado aún cuando no habieran sido pronunciadas; pero por haberlo sido, dieron sentido a algo, pese a que igualmente hubiese sido exactamento lo que de hecho ha sido desde su mismo inicio: soy, para bien y para mal, un universitario; Manolo lo sabía, y lo quería, pues queriendo a la persona deseaba un destino, para él, propicio; yo, aún estoy dudando de la pertinencia de serlo.

Manolo tenía dos pasiones: Simmel y el “Depor”; ambas le daparaban alegrías y tristezas, ambas le llenaban en dos espacios disjuntos de su existencia. Gracias a Simmel, la teoría sociológica clásica podía ser permanentemente redescubierta; gracias a Simmel, también, algún mal trago hubo de apurar entre los compañeros de departamento (porque él no podía permitir que falseasen las intenciones de un autor tan amado: no era cuestión de opinar; el juicio no podía anteceder a la plena comprensión de una obra). Gracias al Depor podía jactarse ante los del Celta, ante mí, y hacer de las tardes de domingo un puente más agradable hacia la renovación de las rutinas semanales; gracias al Depor, también, sufría los sinsabores de nunca retornar a los años gloriosos en que gritaron el "campeones".

Manolo tenía un “vicio”: pasear. Era su manera de conservar una relativa plenitud física de un modo que, a la par, contribuía a su equilibnrio anímico y mental; en sus paseos, como en casi todo, era perseverante e inflexible; más de una vez me dejó postergado hasta el final de su paseo.

Manolo era de los “buenos”: tanto en la academia como en la vida, hay buenos y malos; según tu lugar, en la academia y en la vida, los buenos son unos y los malos son otros o viceversa: Manolo era de los buenos.

Manolo era cauteloso y reservado para su vida privada: entrabas por algún resquicio, pero siempre con la sensación de que esa proximidad estaba reservada sólo a unos pocos, a los pocos que le infundían plena garantía y confianza. No podía entrar cualquiera en la vida de Manolo.


Manolo: he de pedirte perdón por no haber puesto más empeño en nuestra amistad; lo lamento ahora que ya es tarde. Por encima de todo, lamento haber perdido a la persona, a la persona que tendría que haber conocido más íntimamente. Sólo puedo decirte adiós en la distancia; la distancia de la vida que, ahora, infinitamente nos separa.


Un abrazo, Manolo... sé feliz

 

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